Llegamos a este mundo sin tener conciencia de lo que nos espera, venimos frágiles y desprotegidos. Si lo pensamos el primer impacto al nacer es una pérdida, nos separan de ese lugar tan cálido y acogedor que es el vientre materno donde todo era tranquilidad y la voz de nuestra mamá nos apapachaba. En ese primer instante aprendemos que la vida es un camino de pérdidas y desarrollamos los mecanismos generadores de nuestra dependencia, los apegos.
En el YO del bebé nace la idea de la dependencia. No puedo sobrevivir sin mi mamá o por lo menos sin alguien que me diera sus cuidados maternales, ella es literalmente imprescindible para mi existencia porque yo no puedo vivir sin ella. Después de los tres meses de vida descubro además a mi papá, y empiezo a darme cuenta de que verdaderamente no puedo vivir sin ellos. Algún tiempo después ya no son mi papá y mi mamá, es MI familia, la fuente de donde “brota” todo lo necesario, amor, compañía, juego, protección, regalos, valoración, consejo… Después aparece la escuela, los compañeros, la maestra cariñosa; luego siguen los amigos de la secundaria, los colegas del trabajo, los primeros amores, la seguridad económica, el matrimonio, los hijos… Y así, despacito y con el tiempo, se suman ideas, descubriendo más imprescindibles, más personas, más situaciones y más hechos sin los cuales no se podría razonablemente vivir.
Pero casi nunca, ninguno de nosotros, piensa conscientemente que algunas de las cosas que hemos conseguido y algunas de las personas, sin las cuales creíamos no poder vivir, quizá un día ya no van a estar. Las personas pueden decidir irse, no necesariamente morirse, simplemente no estar en nuestras vidas. Las cosas pueden cambiar y las situaciones pueden volverse totalmente opuestas a como las hemos conocidas. La tradición ha pretendido inculcarnos un paradigma distorsionado y pesimista: el auténtico amor, irremediablemente, debe estar infectado de adicción.
Lo único que debemos aprender es que solo NO PODEMOS VIVIR SIN NOSOTROS MISMOS.
Entonces hay que iniciar a prepararse para pasar por estas pérdidas, experimentar el duelo y su proceso.
El desapego duele, los duelos duelen…
Equivocadamente, entendemos el desapego como dureza de corazón, indiferencia o insensibilidad, y eso no es así. El desapego no es desamor, sino una manera sana de relacionarse, cuyas premisas son: independencia, no posesividad y no adicción. La persona no apegada (emancipada) es capaz de controlar sus temores al abandono, no considera que deba destruir la propia identidad en nombre del amor, pero tampoco promociona el egoísmo y la deshonestidad. Nada dura para siempre y esto es cierto pero la mente crea el anhelo de la continuación al infinito; la inmortalidad de las personas y de las cosas. Hace más de dos mil años, Buda alertaba sobre los peligros de esta falsa eternidad psicológica: «Todo esfuerzo por aferrarnos nos hará desgraciados, porque tarde o temprano aquello a lo que nos aferramos desaparecerá y pasará. Ligarse a algo transitorio, ilusorio e incontrolable es el origen del sufrimiento. Todo lo adquirido puede perderse, porque todo es efímero. El apego es la causa del sufrimiento». Los «Tres Mensajeros Divinos», como él los llamaba: enfermedad, vejez y muerte, no perdonan. Tenemos la opción de rebelarnos y agobiarnos porque la realidad no va por el camino que quisiéramos, o afrontarla y aprender a vivir con ella.
No tenemos un tiempo infinito, la conciencia y la realidad del hecho de morir nos debería enseñar a disfrutar de cada experiencia de la vida en el aquí y en el ahora, aceptar que nada es para toda la vida no es pesimismo sino realismo saludable.
Algunos de los primeros pasos para un desapego funcional sobre todo en las relaciones son:
- Hacerse cargo de uno mismo, evitando la dependencia.
- Disfrutar la soledad
- Intentar vencer tus miedos (Elegir un miedo cualquiera que sea irracional y que no sea objetivamente dañino y enfrentarlo.)
Si comenzamos a fortalecer nuestra realización personal, el apego afectivo empezará a perder funcionalidad. Ya no será tan necesario. E incluso puede llegar a ser un estorbo, porque el desarrollo de nuestras potencialidades habrá ocupado el primer lugar.
